Sentía que el mundo era demasiado grande para ella, se sentía tan pequeña… todo la abrumaba. No era capaz de encontrar su sitio.
Todo gira, deprisa, todo pasa. Se limitaba a esconderse, a pasar desapercibida. La gente la veía, pero no se fijaba en ella y pasaban de largo. No sabían todo lo que guardaba en su interior.
De vez en cuando alguien se cruzaba en su camino. Alguien que le hacía sentir cosas que no entendía, sentimientos que también le parecían demasiado grandes. Llenaban todo su cuerpo, naciendo en el estómago y extendiéndose hasta los dedos. Llegándole a la cabeza y produciéndole un ligero mareo que le hacía ver todo borroso. No entendía nada.
Un día, la persona desaparecía para no volver más, y el sentimiento cambiaba. Se tornaba algo oscuro, desagradable, que quería eliminar de sí. Pero no podía, sólo el tiempo lo curaba. Si es que el tiempo lo borra todo… amores, odios, risas, llantos, lo bueno y lo malo.
Se fue dando cuenta de que, cuando encontraba una de esas personas, todo era menos confuso. La vida se hacía más fácil. Pero, cuando se iba, la cosa se volvía más negra de lo que había sido antes de aparecer.
Vio que para reír es necesario llorar a veces. Que durante toda su vida, muchas personas aparecerían y luego se irían, unas dejando mayor huella que otras.
Todo es distinto, todo es igual.
Hay personas que cuando las tocas no te hacen sentir nada, otras que despiertan en ti un fuego abrasador y otras una gran ternura.
Entran, salen, vienen, se van. El ciclo se repite. Pero, ante la desesperación, siempre sabes que algún día volverás a sentir eso que nace en el estómago y se extiende por todo tu cuerpo.
Y así siguió su camino. Unos días sintiéndose diminuta, otro engrandeciéndose hasta pensarse gigante. A veces alegre, a veces triste; pero siempre ella, tan distinta y tan igual a todos los demás.
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Qué complicada es la vida, ¿verdad?
Sí, es complicada. Pero si no lo fuera nos aburriríamos mucho, no?