Empieza otro año, y lo ha hecho de un modo muy diferente a como esperaba. Planeas todo al milímetro y al final no te sale nada como querías. Suele pasar.
Fue una Nochevieja atípica, que más que a un principio de año se asemejó a un día vulgar como cualquier otro. Lo único que parecía recordarme que era una noche especial era mi vestido, precioso, sí, pero tremendamente incómodo, seguro que no lo olvidaré en mucho tiempo. Menos mal que con los zapatos acerté más y no hubo que sumarle otra agonía.
Cola de doscientas personas para entrar en la discoteca. Cola para dejar el abrigo en el ropero. Cola para coger una copa. Cola en el baño. Vale, en esto sí que fue una auténtica Nochevieja…
Noche rara. Salimos en grupo, terminamos siendo dos. Mi amiga, tras alcanzar un estado etílico alarmante, me hizo una serie de confesiones la mar de extravagantes a ritmo de música electrónica. Suerte que no lo recordará. Suerte que yo he decidido olvidarlo.
Llego a casa a las 9 de la mañana, deseando desenfundarme del vestido, que me obliga a dar pasos minúsculos. Me meto en la ducha, el pestazo a tabaco me está matando. Tengo 4 horas para dormir antes de que la familia empiece a llegar a casa para la comida de año nuevo.
Definitivamente, la Nochevieja está muy sobrevalorada…
Y ahora que ya vuelvo a ser persona, pienso en lo que me gustaría pedirle al año nuevo. Nunca he sido muy de nuevos propósitos, porque al final nunca los cumplimos, pero sí que espero que este año sea un poquito mejor que el anterior. También espero dejarme de tanta tontería, preocuparme menos por todo y pensar en divertirme más.
Una de las cosas que me estoy planteando es plantarme delante de ese tío del gimnasio, al que no puedo dejar de mirar por el rabillo del ojo, y decirle cuatro cositas que le dejen claro que me parece la mar de interesante, pero creo que se me ha olvidado ligar. ¿Será posible?
Feliz 2010 a todos.
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