• Autora

  • "Quienes odian a los gatos volverán como ratones en la próxima vida". Faith Resnick.

La vida es un continuo volver a empezar.

Ya me cansé de pensar en él y de perder el tiempo imaginando que las cosas podían haber sido diferentes si me las hubiese planteado de otra manera. Sea como fuere, lo que pudo haber sido se quedó en nada, y eso es todo lo que importa. Punto y aparte a la historia.

La vida es un continuo volver a empezar. Así que vuelvo a enfrentarme al mundo, con el corazón un poco más roto sí, pero también con la experiencia que nos van dando cada uno de nuestros desengaños. Poquito a poco duele menos y, aunque las cicatrices estén recientes todavía, no me impiden sonreír y decirme que vuelvo al ataque de nuevo. No pienso cerrarme al mundo, encerrarme en mi urna de cristal como he hecho otras veces. No. Tengo ganas de disfrutar de la vida y no voy a quedarme sentada lamentándome.

Me reconforto en los pequeños detalles. Como las sonrisas que me dedica cada día el monitor de mi gimnasio; una de esas personas siempre optimistas que saben sacarte la alegría por muy de mal humor que llegues. El otro día se puso a coquetear conmigo y casi no sabía qué contestarle, debí de ponerme roja como un tomate. No voy a negar que más de una vez he fantaseado con él y su cuerpo perfecto pero, por mucha tableta de chocolate que tenga, lo que me sigue llamando más la atención de él es esa sonrisa, que me deja tonta cada vez que la veo. Pienso que si tuviese a mi lado a un hombre con esa manera de sonreír, nunca podría estar triste.

Y así, cuando salgo del estado de hipnosis que me crea, me doy cuenta de que hoy he pensado un poquito menos en cosas negativas y que, cada día que pasa, me siento más fuerte y más positiva. Porque la vida sigue y, a pesar de todo lo malo que en ella te puedas encontrar, también hay muchas cosas buenas por descubrir y no me las pienso perder.

Pequeña

Sentía que el mundo era demasiado grande para ella, se sentía tan pequeña… todo la abrumaba. No era capaz de encontrar su sitio.

Todo gira, deprisa, todo pasa. Se limitaba a esconderse, a pasar desapercibida. La gente la veía, pero no se fijaba en ella y pasaban de largo. No sabían todo lo que guardaba en su interior.

De vez en cuando alguien se cruzaba en su camino. Alguien que le hacía sentir cosas que no entendía, sentimientos que también le parecían demasiado grandes. Llenaban todo su cuerpo, naciendo en el estómago y extendiéndose hasta los dedos. Llegándole a la cabeza y produciéndole un ligero mareo que le hacía ver todo borroso. No entendía nada.

Un día, la persona desaparecía para no volver más, y el sentimiento cambiaba. Se tornaba algo oscuro, desagradable, que quería eliminar de sí. Pero no podía, sólo el tiempo lo curaba. Si es que el tiempo lo borra todo… amores, odios, risas, llantos, lo bueno y lo malo.

Se fue dando cuenta de que, cuando encontraba una de esas personas, todo era menos confuso. La vida se hacía más fácil. Pero, cuando se iba, la cosa se volvía más negra de lo que había sido antes de aparecer.

Vio que para reír es necesario llorar a veces. Que durante toda su vida, muchas personas aparecerían y luego se irían, unas dejando mayor huella que otras.

Todo es distinto, todo es igual.

Hay personas que cuando las tocas no te hacen sentir nada, otras que despiertan en ti un fuego abrasador y otras una gran ternura.

Entran, salen, vienen, se van. El ciclo se repite. Pero, ante la desesperación, siempre sabes que algún día volverás a sentir eso que nace en el estómago y se extiende por todo tu cuerpo.

Y así siguió su camino. Unos días sintiéndose diminuta, otro engrandeciéndose hasta pensarse gigante. A veces alegre, a veces triste; pero siempre ella, tan distinta y tan igual a todos los demás.

Te odio

Sabes que soy una mujer de extremos y que cuando te digo que te odio me sale del alma. Es un sentimiento que me quema por dentro. Te odio el 99% del tiempo. Te odio cuando me cruzo contigo, cuando me miras, cuando me hablas, cuando te ríes, cuando sueltas alguna de esas frasecitas que hacen que sienta tanta rabia. Pero cuando más te odio es cuando me dices que me amas, porque siento que no es más que una mentira que me sueltas cuando te das cuenta de que estoy a punto de mandarte al infierno.

El problema es que también hay veces en que te amo. Te amo cuando eres como un niño entre mis brazos, cuando te da por preocuparte por mí como un padre, cuando veo que el mismo fuego que hay en mí se esconde en tu interior, cuando siento que en el fondo somos iguales.

Fría por fuera y ardiendo por dentro, nunca nadie espera descubrir eso en mí. Tengo mil sentimientos escondidos, que ni las personas más cercanas a mí conocen. Nadie sabe lo que me pasa contigo, ni lo cuento ni lo demuestro, es algo que queda entre tú y yo. A nadie le he hablado de las noches en que creía volverme loca porque quería sacarte de mí vida y no era capaz de hacerlo, ni como al final me decidí, te plante cara, solté lo que me apetecía decirte, que no quería saber más de ti, y cómo tú no quisiste marcharte. Ahí fue cuando me di cuenta de que no tengo fuerzas para obligarte a que te alejes de mí, que si tú no quieres no hay opción. Es como cuando te me plantas delante e intentas besarme, no puedo negarme porque en el fondo es lo que quiero, que no te vayas, que me beses. Pero llega el día después, todo sigue igual que ayer, y vuelve mi desesperación y el deseo de no haberte conocido nunca.

Quiero decirte adiós y no puedo. Porque cuando más me haces odiarte, cuando estoy a punto de explotar, haces algo que me recuerda lo mucho que me importas y que no quiero perderte del todo. Aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez en que nos dormimos abrazados y ya no me acuerde de lo que es ser feliz a tu lado.