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  • "Quienes odian a los gatos volverán como ratones en la próxima vida". Faith Resnick.

De comienzos de año

Empieza otro año, y lo ha hecho de un modo muy diferente a como esperaba. Planeas todo al milímetro y al final no te sale nada como querías. Suele pasar.

Fue una Nochevieja atípica, que más que a un principio de año se asemejó a un día vulgar como cualquier otro. Lo único que parecía recordarme que era una noche especial era mi vestido, precioso, sí, pero tremendamente incómodo, seguro que no lo olvidaré en mucho tiempo. Menos mal que con los zapatos acerté más y no hubo que sumarle otra agonía.

Cola de doscientas personas para entrar en la discoteca. Cola para dejar el abrigo en el ropero. Cola para coger una copa. Cola en el baño. Vale, en esto sí que fue una auténtica Nochevieja…

Noche rara. Salimos en grupo, terminamos siendo dos. Mi amiga, tras alcanzar un estado etílico alarmante, me hizo una serie de confesiones la mar de extravagantes a ritmo de música electrónica. Suerte que no lo recordará. Suerte que yo he decidido olvidarlo.

Llego a casa a las 9 de la mañana, deseando desenfundarme del vestido, que me obliga a dar pasos minúsculos. Me meto en la ducha, el pestazo a tabaco me está matando. Tengo 4 horas para dormir antes de que la familia empiece a llegar a casa para la comida de año nuevo.

Definitivamente, la Nochevieja está muy sobrevalorada…

Y ahora que ya vuelvo a ser persona, pienso en lo que me gustaría pedirle al año nuevo. Nunca he sido muy de nuevos propósitos, porque al final nunca los cumplimos, pero sí que espero que este año sea un poquito mejor que el anterior. También espero dejarme de tanta tontería, preocuparme menos por todo y pensar en divertirme más.

Una de las cosas que me estoy planteando es plantarme delante de ese tío del gimnasio, al que no puedo dejar de mirar por el rabillo del ojo, y decirle cuatro cositas que le dejen claro que me parece la mar de interesante, pero creo que se me ha olvidado ligar. ¿Será posible?

Feliz 2010 a todos.

La vida es un continuo volver a empezar.

Ya me cansé de pensar en él y de perder el tiempo imaginando que las cosas podían haber sido diferentes si me las hubiese planteado de otra manera. Sea como fuere, lo que pudo haber sido se quedó en nada, y eso es todo lo que importa. Punto y aparte a la historia.

La vida es un continuo volver a empezar. Así que vuelvo a enfrentarme al mundo, con el corazón un poco más roto sí, pero también con la experiencia que nos van dando cada uno de nuestros desengaños. Poquito a poco duele menos y, aunque las cicatrices estén recientes todavía, no me impiden sonreír y decirme que vuelvo al ataque de nuevo. No pienso cerrarme al mundo, encerrarme en mi urna de cristal como he hecho otras veces. No. Tengo ganas de disfrutar de la vida y no voy a quedarme sentada lamentándome.

Me reconforto en los pequeños detalles. Como las sonrisas que me dedica cada día el monitor de mi gimnasio; una de esas personas siempre optimistas que saben sacarte la alegría por muy de mal humor que llegues. El otro día se puso a coquetear conmigo y casi no sabía qué contestarle, debí de ponerme roja como un tomate. No voy a negar que más de una vez he fantaseado con él y su cuerpo perfecto pero, por mucha tableta de chocolate que tenga, lo que me sigue llamando más la atención de él es esa sonrisa, que me deja tonta cada vez que la veo. Pienso que si tuviese a mi lado a un hombre con esa manera de sonreír, nunca podría estar triste.

Y así, cuando salgo del estado de hipnosis que me crea, me doy cuenta de que hoy he pensado un poquito menos en cosas negativas y que, cada día que pasa, me siento más fuerte y más positiva. Porque la vida sigue y, a pesar de todo lo malo que en ella te puedas encontrar, también hay muchas cosas buenas por descubrir y no me las pienso perder.

Pequeña

Sentía que el mundo era demasiado grande para ella, se sentía tan pequeña… todo la abrumaba. No era capaz de encontrar su sitio.

Todo gira, deprisa, todo pasa. Se limitaba a esconderse, a pasar desapercibida. La gente la veía, pero no se fijaba en ella y pasaban de largo. No sabían todo lo que guardaba en su interior.

De vez en cuando alguien se cruzaba en su camino. Alguien que le hacía sentir cosas que no entendía, sentimientos que también le parecían demasiado grandes. Llenaban todo su cuerpo, naciendo en el estómago y extendiéndose hasta los dedos. Llegándole a la cabeza y produciéndole un ligero mareo que le hacía ver todo borroso. No entendía nada.

Un día, la persona desaparecía para no volver más, y el sentimiento cambiaba. Se tornaba algo oscuro, desagradable, que quería eliminar de sí. Pero no podía, sólo el tiempo lo curaba. Si es que el tiempo lo borra todo… amores, odios, risas, llantos, lo bueno y lo malo.

Se fue dando cuenta de que, cuando encontraba una de esas personas, todo era menos confuso. La vida se hacía más fácil. Pero, cuando se iba, la cosa se volvía más negra de lo que había sido antes de aparecer.

Vio que para reír es necesario llorar a veces. Que durante toda su vida, muchas personas aparecerían y luego se irían, unas dejando mayor huella que otras.

Todo es distinto, todo es igual.

Hay personas que cuando las tocas no te hacen sentir nada, otras que despiertan en ti un fuego abrasador y otras una gran ternura.

Entran, salen, vienen, se van. El ciclo se repite. Pero, ante la desesperación, siempre sabes que algún día volverás a sentir eso que nace en el estómago y se extiende por todo tu cuerpo.

Y así siguió su camino. Unos días sintiéndose diminuta, otro engrandeciéndose hasta pensarse gigante. A veces alegre, a veces triste; pero siempre ella, tan distinta y tan igual a todos los demás.

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